Cuando los Montañeros Eran la Crisis Migratoria de América

“Viviendas y Porches Traseros en el Cinturón de Pobreza de Uptown Chicago, en Illinois, Un Barrio de Sureños Blancos Pobres”, de Danny Lyon. Muchos migrantes de Appalachia hacia Chicago comenzaron en el barrio Uptown. A través de Wikimedia Commons.

Mientras que el debate sobre la migración de América Central a los Estados Unidos se ha intensificado en años recientes, la inmigración se vuelto un tema impopular en Appalachia. Según una encuesta de 2018 del Metro News Dominion Post, el 61 por ciento de los oriundos de Virginia del Oeste estaban de acuerdo con la declaración que sigue “hoy los inmigrantes son una carga para nuestro país porque toman nuestros trabajos, casas y asistencia médica”, comparado con sólo el 28 por ciento a nivel nacional.

Y como puede atestiguar este video de una mujer reprochando a los trabajadores de un restaurante por hablar español en Virginia del Oeste, el sentimiento de antiinmigración en la región puede ser bastante visceral, basado en el miedo a un panorama cultural cambiante.

Desde una perspectiva histórica, sin embargo, esta hostilidad es un poco irónica. Pues fue hace menos de 50 años que América debatía cómo otro grupo de inmigrantes estaba destruyendo la nación – los aproximadamente 7 millones de migrantes de Appalachia desplazándose del campo a las ciudades de la nación.

Los historiadores por lo general fechan el comienzo de una migración “apalache” distintiva a finales del siglo XX. Desprovistos de mano de obra barata  de migrantes europeos después de la Primera Guerra Mundial, los reclutadores industriales rastrearon Appalachia en busca de trabajadores de los que se decía poseían una ética laboral fuerte y, lo que es más importante, una resistencia característica a la sindicalización. Las gentes de la montaña respondieron a las promesas de trabajo, emigrando a ciudades industriales del medio oeste como Cleveland, Akron y Dayton. La Gran Depresión intensificó este flujo migratorio hacia el norte y la hostilidad a la que se enfrentaron en las ciudades nuevas. Los migrantes durante este período eran retratados como vividores que buscaban robar el trabajo a los locales o aprovecharse de la ayuda para pobres de los estados del norte, con el Muncie Star ridiculizando “el gran número de migrantes de Kentucky pasando la frontera para recolectar las prestaciones sociales más elevadas de Indiana”.

Sin embargo, la emigración sólo alcanzó su pico más alto después de la Segunda Guerra Mundial como parte de la Gran Migración mayor de sureños negros y blancos a otras partes de América. Entre 1940 y 1970, unos 7 millones de montañeros inundaron ciudades como Cleveland, Detroit, Cincinnati y Chicago, a menudo agrupandose en “guetos de pueblerinos” o “paraísos de montañeses”.

Michael Maloney, un destacado activista a favor de los inmigrantes apalaches en Cincinnati cuya familia se mudó a la ciudad desde el este de Kentucky, recuerda los primeros días de la migración como tumultuosos.

“La gente llegaba a diario en buses Greyhound. Había superpoblación. La gente no tenía la oportunidad de desarrollar redes sociales en los barrios marginados”, dijo Maloney. Llegando en números tan grandes, los “montañeses” muchas veces eran estereotipados como incultos, vándalos violentos que “degradaban” las comunidades existentes. En una encuesta de los años 1950 en Detroit, el 21 por ciento de los encuestados dijo que “los sureños blancos pobres; pueblerinos” eran indeseables en Detroit, por delante de vagabundos (18 por ciento), afroamericanos (13 por ciento) y extranjeros (6 por ciento).

Al principio, los líderes locales veían a “los migrantes sureños apalaches” como verían a cualquier otro grupo étnico urbano, como los alemanes, los italianos o los irlandeses. Sí, las costumbres de los montañeros eran una molestia, pero la idea era que se asimilarían al crisol americano como los grupos anteriores a ellos.

Sin embargo, esa línea de pensamiento pronto cambió. Algunos migrantes no lograron convertirse en clase media como el resto de la mayoría americana y la Guerra a la Pobreza del presidente Lyndon B. Johnson había “redescubierto” el bajo nivel de vida de Appalachia. De por sí, varios estudios fueron realizados para apoyar el “reajuste de los montañeros sureños a la vida urbana” a finales de los años 1950 y comienzos de los 1960.

Como la mayor parte de las nuevas llegadas, la mayoría de apalaches sufrió dolores de crecimiento aprendiendo a vivir en las ciudades y había lugares como Cincinnati, donde los apalaches tuvieron problemas para obtener servicios y recursos de la comunidad local. Sin embargo, es importante no generalizar en exceso estas dificultades a todos los apalaches.

“Casi en la totalidad, [los apalaches blancos] que se desplazaron al norte encontraron la oportunidad que estaban buscando, aunque pagaron el precio de sentirse divididos entre dos lugares”, dijo Chad Berry, un historiador y antiguo director del Loyal Jones Appalachian Center en el Berea College.

Tampoco eran los migrantes sujetos pasivos en los debates sobre su adaptación a la vida urbana. Especialmente en Cincinnati, donde Maloney comenzó a trabajar con migrantes en los 1960, los apalaches se organizaron para abogar por su comunidad y su herencia. “Queríamos decir a la ciudad y a sus instituciones ‘Estamos aquí. Nuestra gente necesita ayuda. Necesitamos servicios’”, dijo Maloney.

Por medio de la presión el gobierno municipal de Cincinnati y otras fundaciones, Maloney y otros fundaron el Consejo Urbano Apalache (Urban Appalachian Center)  en 1974. Comenzando fundamentalmente como una organización de apoyo y un proveedor de servicios, el CUA (UAC en inglés) y su sucesor, la Coalición Comunitaria Urbana Apalache (Urban Appalachian Community Coalition), se ha convertido en una organización polifacética que apoya la investigación apalache y la conservación cultural.

De manera similar, en Cleveland, un grupo de apalaches migrantes negros de Kentucky del este organizaron el Eastern Kentucky Club Social como una manera de mantener la conexión con sus ciudades natales. La reunión anual del club ha atraído miembros de por lo menos 16 estados y todavía hoy sigue activo.

Además de esfuerzos comunales, relatos personales demuestran cómo individuos se han hecho camino en sus nuevos hogares y formas de vida, particularmente en temas controvertidos como relaciones de género y raza. Para muchas mujeres a las que se les había asignado la tarea de criar niños y hacer las labores domésticas en Appalachia, la oportunidad de ganar su propio sueldo en la ciudad fue seductora. Sin embargo, para muchas otras, la vida de ciudad significaba encargarse de las responsabilidades tradicionales a la vez que se añadían otras nuevas. “Tenías el doble de trabajo que hacer. Tenías que hacer tu trabajo [en la fábrica] y tenías que volver a casa y hacer las tareas del hogar”, dijo una mujer de Virginia del Oeste radicada en Chicago.

Las relaciones raciales relajadas eran también una fuente de cambio para los migrantes que habían crecido en el sur de Jim Crow. Para muchos migrantes blancos, la posición relativamente libre de los afroamericanos en el norte incrementó la animosidad racial y un deseo de reafirmar el tradicional orden racial sureño. Sin embargo, para otros, en especial mujeres, las relaciones de raza más liberales produjeron un nueva perspectiva. En palabras de una mujer blanca migrante:

Chicago fue el primer lugar donde vi negros y blancos juntos. Hombres negros y mujeres blancas o lo que fuera… Donde yo vivía  no podían hacer esto. Antes de llegar a Chicago pensaba que esto era natural, ya sabes. No sabía lo que era el prejuicio.

Por 1980 la emigración masiva de la que Appalachia fue testigo en los años 1950 y 1960 disminuyó, aunque los apalaches han continuado yéndose de la región y considerando su relación con su lugar de origen. Evidentemente, expatalachians se fundó para incluir las perspectivas de los migrantes en debates sobre Appalachia. Sin embargo, no somos los únicos que piensan en los montañas. Unas 15.000 personas se identifican como de etnia “apalache” en el censo del año 2000, según un artículo de Chad Berry y coautor Trent Alexander. De los que así se identificaron, el 80 por ciento vive fuera de la región.

Aunque el artículo no ofrece una explicación definitiva del por qué la gente reivindica una etnicidad apalache, el fenómeno sugiere que, de alguna manera, la idea misma de ser apalache está ligada a la historia migrante. Ahora que América debate la venida de más recién llegados, estaría bien que lo recordáramos.

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Nicholas Brumfield es nativo de Parkersburg, Virginia del Oeste, y actualmente trabaja en Arlington, Virginia. También es ganador del West Virginia Golden Horseshoe por un conocimiento excepcional de la historia de Virginia del Oeste. Para más noticias originales sobre Appalachia y política en Ohio, síguele en Twitter: @NickJBrumfield.

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