En la Pisada de Andrew Carnegie

Retrato de Carnegie en la Librería y Galerías Dunfermline Carnegie.

Mi reciente traslado a Edimburgo, Escocia, me hace encontrar conexiones con mi ciudad natal de Pittsburgh por doquier. Una conexión importante es Andrew Carnegie, el empresario industrialista del acero que nació en Escocia. Su lugar de nacimiento, Dunfermline, está enfrente a Edimburgo, al otro lado de sus aguas, en el condado de Fife (o el Reino de Fife como lo llama la gente de allí).

La ciudad tiene un Museo del Lugar de nacimiento de Andrew Carnegie y la Biblioteca y Galerías Carnegie, lo que me incitó a visitarla. Así que me subí al bus X52 en Edimburgo y allí fui.

La casa en que nació Andrew Carnegie en 1835.

Llegué a la estación de bus de Dunfermline y seguí un camino hasta la ciudad. Allí encontré carteles que me guiaron hacia al museo. Desafortunadamente, estaba cerrado por reformas, pero recorrí su perímetro, que consta de una cabaña donde Carnegie vino al mundo y una pequeña ampliación que contiene el museo. Continué por el Parque Pittencrieff, enfrente al museo. El parque de 76 acres fue ofrecido por Carnegie a la ciudad en 1902. En su punto más alto se encuentra una estatua de Carnegie que contempla las tierras.

Estatua de Andrew Carnegie en el Parque Pittencrieff.

Debo admitir que el parque es precioso. Un arroyo corre junto a un sendero bien mantenido. Puentes cubiertos de musgo, una frondosidad exuberante y áreas de juegos infantiles crean un parque que conviene a las familias y que parece salido de las páginas de El Jardín Secreto. Aunque era un día laborable gris, había varios visitantes.

Parque Pittencrieff.

Toda la ciudad obviamente se beneficia de la conexión con Carnegie. Además del parque y museo, hay una Calle, Centro de Ocio, Auditorio, Escuela Primaria, Centro de Conferencias y Biblioteca Carnegie. También la Calle Pittsburgh, que conmemora la ciudad donde hizo fortuna.

Además de para cambiar de aires al otro lado del charco, otro estímulo detrás de mi visita fue un artículo que escribí el año pasado sobre el legado de Carnegie. Después de publicarlo, me pregunté si había alabado en demasía a Carnegie. Cuando lo escribí, la nostalgia por la Biblioteca Carnegie de Pittsburgh me hizo sentir agradecida por su filantropía en Pittsburgh y en otros lugares. Después de un poco de introspección, mi aprecio se tornó en animadversión hacia él por ser un capitalista descarado, que valoraba la eficiencia por encima de la seguridad de sus trabajadores.

Algunos han escrito sobre las contradicciones en la vida de Carnegie. Se le conoce fundamentalmente por romper la Huelga de Homestead por el acero de 1892 en la que él (junto a Henry Clay Frick y las fuerzas de seguridad Pinkerton) destruyó un sindicato de trabajadores. La huelga resultó en una docena de muertes que constituyen una mácula en el legado de Carnegie. Otra contradicción enorme es que Carnegie amasó una fortuna asombrosa, lo que trajo una riqueza inmensa durante su vida, mientras que muchos de sus trabajadores vivían en la pobreza. Esto ocurrió a pesar de que creía en la distribución de la riqueza

Mucha gente, entre la que me incluyo, vive en un caos de contradicciones. Sin embargo, sigo enojada con Carnegie. El capitalismo que practicó industrializó y trajo riqueza a Pittsburgh, pero no sin unos costes de envergadura. Se perdieron muchas vidas de forma trágica en las acerías. “Las listas de hombres asesinados o heridos en los periódicos todos los años eran tan largas como una lista de pérdidas de una pequeña batalla en la guerra civil americana”, apunta The Economist. Más allá de los trabajadores, sometidos a condiciones de inseguridad, los ciudadanos se enfrentaron al riesgo de una contaminación desenfrenada que vertía de las plantas acereras. Este es un legado que perdura hoy en Pittsburgh a medida que la ciudad continúa siendo víctima de una calidad del aire horrorosa.

Pittsburgh al anochecer.

Quizás sea severo culpabilizar a Carnegie, pero merece críticas por sus errores así como recibe elogios por su filantropía. Debería añadir también lo desconcertante que me resulta que la filantropía se glorifique en absoluto. La idea de la filantropía es que los ricos, con su acumulación de riqueza y poder, deciden si, cómo y cuándo ayudar al público. ¿Por qué son los ricos los que deciden lo que es beneficioso para el público? El fracaso de la filantropía va más allá de lo histórico y se extiende a lo contemporáneo con ejemplos como Jeff Bezos, que financia refugios para personas sin hogar a pesar de que su compañía, Amazon, alimenta la crisis de la vivienda económica en Seattle y se opone a un impuesto para los negocios locales que hubiese recaudado fondos para un sector inmobiliario asequible. Otro ejemplo es Dick y Betsy Devos. Su fundación ha donado millones de dólares a organizaciones con intenciones ocultas controvertidas, como oponerse al aborto o cuestionarse el cambio climático. Pero me estoy desviando del tema.

Una placa en el exterior del Museo del Lugar de nacimiento de Andrew Carnegie: “Andrew Carnegie, millonario y filántropo, nació en esta casita de campo el 25 de noviembre de 1835”.

No quiero idealizar el legado de Carnegie, pero fue interesante pensar cómo esta persona se ajustó a Pittsburgh al llegar por vez primera. Pittsburg en 1848 ofrecía a la familia Carnegie oportunidades económicas que la industrialización, irónicamente, les había arrebatado en Escocia (el padre de Carnegie se quedó sin empleo a causa de la mecanización del arte del tejido).

Carnegie amaba Escocia. Volvía a casa frecuentemente y daba gran parte de su dinero al país. Lo entiendo – Escocia es bonita de veras. También lo comprendo porque siento el mismo amor por Pittsburgh. Todavía lo echo en falta. Puede que Pittsburgh no tenga las colinas y frondosidad de Escocia, pero tiene millas de carriles para bicicletas, parques públicos hermosos y una cultura diferente que proviene de la industria siderúrgica, la topografía y la inmigración.

Me guste o no, he heredado el mundo que ha dejado Carnegie y vivo con su legado. Caminar en sus huellas me ha permitido contextualizar mi propia vida y considerar a fondo la historia de capitalismo e injusticia a la que es imposible escapar. Mi capacidad de estudiar en Escocia (un privilegio enorme) conecta con tantas otras cosas (mi raza y estado socioeconómico, por nombrar algunas) más allá de Carnegie. Aún así, su legado y sus problemas no pueden ser ignorados. Su inversión en instituciones culturales no puede reparar las vidas perdidas en las acerías o la contaminación que otorgó a Pittsburgh. Puso a sus habitantes en peligro mientras vacacionaba en el aire limpio de las Tierras Altas escocesas, en su castillo. Carnegie tan sólo ayudó a Pittsburgh después de que Pittsburgh le ayudó a hacerse rico.


Annie Chester es una escritora y cofundadora de expatalachians. Escribe sobre el medio ambiente y la cultura en Appalachia y el extranjero. En la actualidad es una estudiante de postgrado en la Universidad de Edimburgo en Escocia.

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